sábado 10 de enero de 2009

LO QUE NO VEMOS

En la calle veo a menudo rostros
que me lo dicen todo
mientras no me dicen nada
y en sus ojos veo la luz,
la sombra, la curiosidad, la ira,
la compasión y la complaciencia.
Sus rostros están cansados de cansarse
y en el fondo anhelan la paz,
la calma del que no desea nada,
del que es capaz de encontrar la luz
en el único sentir de la existencia.

En la calle veo miles de millones
de siluetas corriendo despavoridas,
persiguiendo pájaros de alas invisibles,
buscando nubes de algodón
que se desharán entre los dedos.
Buscando un hilo blanco del cual colgarse
miramos sin ver todos los rostros
de nuestro futuro:
las cinco personas que encontraremos
en el cielo,
la catedral terminada,
el látigo de la victoria en la mano,
el amor debajo del paraguas,
el viaje eterno en un navío.

Todo aquello que miramos y no vemos
sí nos mira a nosotros
desde un lugar remoto y perdido
en los confines de la niebla,
pero poderoso y gigante como
el aire que nos da la vida.
Allí está, allí se encuentra
travieso y magnánimo
al mismo tiempo, ocultándose
y deseando ser encontrado.

martes 22 de julio de 2008

LA VIDA ES SUEÑO Y LOS SUEÑOS SUEÑOS SON (DIEGO SERRANO)

Llevo oyendo esta frase muchas veces a lo largo de mi vida y siempre en ocasiones muy especiales (la Oreja de Van Gogh un día de la tortilla donde cogí mi primera borrachera, Antonio Molina en esos entrañables viajes en coche a Benidorm en mi ya alejada niñez), pero nunca había entendido a qué se refería hasta la otra noche en que se emitió el último capítulo de una serie recientemente canonizada por globomedia, los Serrano. Y como nunca nos iremos a dormir sin aprender algo nuevo, yo esa noche resolví el interrogante que tantas noches turbó mis sueños infantiles: !eureka! !la vida es sueño!, y nunca mejor dicho, ya que el atribulado protagonista sueña 1/3 de su vida en 3 horitas y al mismo tiempo vive lo que ha soñado. Conque eso quería decir la consabida frasecita, que la vida realmente es un sueño; en ese glorioso instante, me sentí como Isaac Newton cuando le cayó la manzana encima. Me pregunté como podía haber vivido tanto tiempo bajo una ignorancia tan suprema, y es que el hecho de soñar la mitad de tu vida en unas horas y luego despertar trae consigo unas ventajas nada despreciables: como mi nuevo ídolo, que tiene la oportunidad de ver por adelantada las pifias de toda su vida, sería maravilloso despertarme mañana y darme cuenta de que en realidad no he sido capaz de salir a la calle combinando una camiseta roja con un bolso rosa, que no hice ese inoportuno comentario por el cual acabé frotando todas las piezas de acero inoxidable de mi madre: también será un alivio saber que no enseñé a mi confiado y británico cuñado a pronunciar la palabra "garrulo" (acto vil del que me arrepiento profundamente y que supuso su caída en desgracia en su trabajo en Inglaterra). También resulta que, gracias a la gran misericordia de nuestro Universo, mi aparició estelar en localia corriendo aferrada al balón de baloncesto en pleno torneo (momento que por cierto, fue líder de audiencia en su franja) quedó relegada a una pobre pesadilla (con lo mal que lo pasé, por dios). Como la imaginación no tiene límites, doy por hecho que también es mentira aquel comentario que hice en una reunión cual Lázaro Carreter, en la que aseguraba que la célebre frase que da nombre a este artículo era obra de un tal Calderón de la Barca, un disparate de los gordos ya que ahora todos sabemos que el autor es Diego Serrano. Y lo que más me alegro de poder corregir es el ridículo que hice ayer al tropezar en plena calle con una díscola cáscara de naranja causando la hilaridad de todos los presentes. Todavía tengo el golpe que me dí haciendo eco en mi cabeza, caray, !cómo duelen los sueños!

Y ahora, dejando aparte esta la gran aportación científica de la serie que pareciera tener el nivel cultural de la super pop, diré que el final que le dieron a la serie fue enrevesado a la par que absurdo. En telecinco quisieron despedirse por todo lo alto y de tanto empeño que pusieron el asunto se les fue de las manos. Vale que quisieran un final impactante, pero no es correcto cargarse de un plumazo los cinco años de peripecia con la socorrida historia del sueño, porque con todos mis respetos, para semejante desenlace no hacía faltar gastar dinero en contratar a guionistas. Hubierais llamado a J.K Rowling y a Christopher Paolini y ellos os hubieran elaborado un final de ciencia ficción en un periquete, con el añadido (o el agravante en el caso de telecinco) de que además sería bueno.
No entiendo muy bien los motivos que pueden haber conducido a este final cuando había montones de ideas mas creativas y menos forzadas que la que finalmente nos llevaron a la pantalla; Antonio Resines lanzándose a la autovía no parece a priori la mejor manera de finalizar un producto caracterizado por su formato familiar y entrañable, así como fue Heidi para los niños de mi generación.
De la decisión que tomaron los guionistas hay varias cosas entendibles:

1) Que telecinco haya querido un final memorable para su serie es entendible. ¿Que televisión no quiere reventar los niveles de audiencia de su programa incluso una vez enterrado? En ese punto al menos telecinco ha obtenido la garantía de que se seguirá hablando de ellos (mal, eso sí, pero como si eso importara) durante al menos los próximos tres meses.

2) Que quisieran dar a la serie un final agridulce también lo entiendo. Como mas o menos sabemos todos, la vida no se compone solo de eufóricas reconciliaciones y hormonas en plena ebullición, sino que de vez en cuando algún sinsabor nos agua la fiesta. Por tanto, en los Serrano no han querido agasajarnos con el predecible final de toda la banda brindando y feliz, sino que quisieron aportar un componente trágico para no dejar indiferente a un exigente público, que en su mayoría se sentó en el sillón a la espera de algún acontecimiento inesperado: ¿no quieres chocolate? !pues toma dos tazas!

3) También es entendible que, teniendo en cuenta la fuga en masa de los actores principales y con ello el consecuente declive de la serie, telecinco haya querido devolver la esencia familiar que hace cinco años logó enganchar al espectador. Y para ello se les ocurrió la loable idea de rememorar el primer capítulo; lo que ya no es tan entendible es hacer una regresión en la que los personajes se niegan a regresar. La imagen de Teté co las coletas y los gestos repipis y Curro con el pijama de tres tallas mas pequeño, pasarán a los anales de la historia de la cadena como su mayor cutrez, y eso que tiene serios competidores por los que preocuparse.
¿Es que a nadie se le ocurrió una idea mejor en la que se rindiera homenaje a los inicios familiares de la serie sin montar el show de los niños disfrazados?

En fin, que en mi opinión se han equivocado de cabo a rabo, no por la parte trágica, que puede ser una apuesta arriesgada y con mérito, sino por acabarlo todo con la salida freudiana del sueño. De acuerdo, la idea sería pasable de haber estado planeada desde el principio, con lo cual sin duda hubieran ido haciendo apaños en los guiones para que al final tuviera coherencia. Pero lo que no queda bien, ni técnica, ni estética ni humanamente es escribir una historia, unos personajes y unos sucesos durante varios años y la semana antes de terminar decidir que todo es un sueño, no porque los seguidores opinemos tal o cual cosa, sino porque mirando retrospectivamente los detalles, cualquier guionista con dos dedos de frente se daría cuenta de que no se sostiene mas de tres minutos. Conclusión: la idea no hubiera sido mala si desde el principio se hubiera tenido claro que ese era el punto final, pero haberlo improvisado en la última hora de rodaje....telecinco, ahora sí te reconozco.

domingo 22 de junio de 2008

SILVIO TENÍA RAZÓN

El martes 19 de septiembre sobre las 21:00 de la noche era un día como otro cualquiera en Madrid: en la calle había gente corriendo, gritos, atascos y gente empujando para entrar al metro y así llegar a casa lo antes posible; en el autobús la gente se peleaba por ver quien ocupaba el único asiento libre y una señora recriminaba a otra por, según ella, intentar entrar al autobús antes que ella misma, que estaba allí diez minutos antes.


En Fuenlabrada a esa misma hora la policía acudía a una tienda de telefonía móvil porque unos cuantos clientes habían llegado a las manos motivados por una cuestión decisiva: a cual de ellos le tocaba ser atendido primero.


Así giraba el mundo en las calles de Madrid, pero en el interior del palacio de congresos de este municipio, donde estaba a punto de comenzar un concierto de Silvio Rodríguez, se había creado una especie de mundo paralelo que no tenía nada que ver con lo que se cocía a unos metros de allí: en el interior del recinto las personas que allí se congregaban se sonreían amablemente, se cedían el paso con inusitada simpatía y en el bar, a pesar de estar abarrotado de los asistentes que esperaban el comienzo del concierto, ni los camareros ni los clientes perdían en ningún momento la sonrisa ni la buena educación; se escuchaban por doquier comentarios del tipo “tranquilo, no te preocupes”, “nada, nada, sin prisa”, e incluso alguna risa compartida entre dos personas desconocidas por el derrame accidental de un botellín de cerveza.


Mientras, en el baño de mujeres, (¡mujeres!), lo que en circunstancias normales se saldaría con una batalla campal por el turno de entrada al retrete, se resolvía con amabilidad y paciencia, y en caso de duda sobre a quien le tocaba el turno, las implicadas insistían en cedérselo mutuamente. En fin, que por momentos yo no sabía si estaba asistiendo a un concierto en el palacio de congresos o de repente y por arte de birbiloque me había introducido en uno de mis últimos cuentos. En fin, en el interior de la sala donde Silvio aparecería de un momento a otro el ambiente que se respiraba era mas de lo mismo, y la actitud de la gente tampoco tenía nada que ver con la que se respiraba en las salas de cine: a una fila de veinte personas no les molestaba lo mas mínimo levantarse para que otras dos pudieran llegar hasta sus asientos; no había malas caras, cuchicheos ni protestas.


Este marco de algarabía general creció cuando Silvio irrumpió en el escenario acompañado de sus músicos: el concierto fue fantástico, el utópico ambiente creado se justificó con canciones únicas como “el papalote”, “canto arena”, “el necio”, Sinuhé”, y “Cita con ángeles”, canciones que el público coreaba emocionado. El punto álgido del recital llegó con clásicos para el público como “ojalá”, y “la gota de rocío”, que puso punto y final a esas maravillosas tres horas en las que se demostró que el mundo puede ser mejor si ponemos todos un poco de nuestra parte.


Y vamos al interrogante que pone título a este artículo: ¿en qué tenía razón Silvio?, me preguntaban algunos a quien les comentaba este título. Pues hombre, contestar a eso ya sería otro artículo (bien largo, por cierto), pero así, a bote pronto, está claro que si un concierto suyo es capaz de semejante transformación, está claro que debe tenerla, no se en que, pero tiene que tenerla.

sábado 21 de junio de 2008

¿Y POR QUÉ EL ESCARAMUJO?

bueno, este es mi primer post, y de momento baste con exponer el origen y al inspirador de él con esta excelsa canción. espero que os guste los que conoceis a silvio, y a los que no le conoceis que os sirva para iniciaros en su música, y si no pues ya conoceis las razones de este blog.



BESOS...